Como anfitrionas de los salones más frecuentados de la época, las mujeres de elite reunían a grupos políticos e intelectuales, ofrecían un cálido ambiente para el intercambio de ideas y consolidaban vínculos y alianzas útiles para el apoyo de las operaciones logísticas y militares de los patriotas. De este grupo de mujeres, destacaron las figuras de Luisa Recabarren y Javiera Carrera.

Uno de los testimonios más significativos de las circunstancias y emociones en que se vieron involucradas estas mujeres, es el epistolario de Javiera Carrera. Durante la reconquista española y el proceso de Independencia en general, Javiera intercambió misivas con sus cuñadas Mercedes Fontecilla, esposa de José Miguel y Ana María Cotapos, esposa de Juan José. Esta valiosa correspondencia ilustra el papel de estas mujeres como intermediarias entre las autoridades y sus familiares condenados, acción que no fue ajena a otras mujeres.

Al mismo tiempo, las mujeres de elite no estuvieron exentas de castigo al ser descubiertas participando en conspiraciones políticas; este fue el caso de Ana María Cotapos y la madre de Mercedes Fontecilla por apoyar la conspiración de 1817 y el de Luisa Recabarren por colaborar con los patriotas. Todas ellas fueron recluidas en conventos por apoyar la causa independentista. Por su parte, Javiera Carrera sufrió de la privación de libertad en Argentina a causa de su vinculación con José Miguel, quien era perseguido por apoyar la causa federalista en dicho país.

Sin embargo, también existen evidencias tempranas de que mujeres patriotas de otras clases sociales contribuyeron de diversas maneras a la acción independentista.

La contribución de estas mujeres abarcó muchos aspectos. En una primera instancia se las convocó a colaborar con la causa patriótica, apelando a aquellas tareas que se creían propias de su sexo: acompañar a las tropas para atender a los enfermos, cocinar para los militares y entregar hilas para los hospitales.

Sin embargo, su apoyo a la Independencia de Chile se desarrolló también en otros frentes: difundían públicamente los principios libertarios como lo hacía la chillaneja Cornelia Olivares en 1817; actuaban de espías como Agueda Monasterio quien enviaba información a los emigrados a Mendoza en 1816; ofrecían refugio a los líderes perseguidos y cooperaban con recursos financieros donando sus joyas, bienes materiales y esclavos como Josefa Avendaño y Concepción Delso en 1817 y 1818 respectivamente.

En ocasiones, la meritoria participación femenina en tareas de espionaje y de cooperación con la causa patriota, fue reconocida y premiada con propiedades y con dinero, como fueron los casos de Carmen Ureta y Rafaela Riesco respectivamente.

No obstante, las consecuencias sociales del apoyo a la causa de la independencia y realista arrastró consigo pobreza, desamparo y persecución entre la población femenina capitalina y de algunas provincias, pues su condición de mujeres no fue una característica que inspirara indulgencia en uno u otro bando. Algunas fueron desterradas o recluidas en sus hogares, cárceles o conventos y, a aquellas que poseían patrimonios significativos, les fueron requisados sus bienes. Otras en cambio, se convirtieron en intermediarias ante las autoridades que, apelando al derecho de súplica, se empeñaron en obtener la liberación de sus familiares y la devolución de sus bienes. Por su parte, las más pobres que trabajaban en oficios de lavanderas, cocineras o costureras debieron asumir la manutención total de sus familias luego de que sus maridos, padres o hermanos fueron apresados o asesinados.

Print Friendly, PDF & Email

Comentarios recientes

    Deja un comentario

    A %d blogueros les gusta esto: